Fernando Yubero Ferrero

Fernando Yubero Ferrero (Madrid, 1959), es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Además de haber desarrollado su tesis doctoral sobre la obra de Claudio Rodríguez y realizar la maîtresse d’espagnol en la Universidad de Toulouse-Le Mirail, ha publicado varios estudios y artículos sobre poesía española contemporánea, especialmente sobre la obra de Blas de Otero, José Hierro o el propio Claudio Rodríguez.

Sobre éste último ha escrito un libro fundamental La poesía de Claudio Rodríguez (La construcción del sentido imaginario) (Pre-Textos, 2003) en el que el objetivo fundamental de su estudio se centra en llevar a cabo una interpretación del universo poético de Claudio Rodríguez desde la perspectiva crítica de la hermenéutica simbólica, estableciendo la imagen de la luz como arquetipo configurador de su poesía. Para ello Fernando Yubero parte de los presupuestos críticos de la llamada poética de lo imaginario a través de la metodología que Gilbert Durand propusiera en su obra Las estructuras antropológicas de lo imaginario: introducción a la arquetipología general (Taurus, 1982) y al lado de las propuestas siempre necesarias e interesantes del pensamiento poético de Gaston Bachelard. Desde ahí, Yubero pretende demostrar cómo el dualismo luz-oscuridad y las imágenes que esta composición arrastra, ya sean del tipo diurno-nocturno, elevación y caída, o del tipo serenidad y angustia, atracción y rechazo, van vertebrando una obra poética fundamentalmente sólida hasta construir un sentido de coherente singularidad y estilo único. La aventura, ya no solo poética sino simbólica y real, que en la obra de Claudio Rodríguez supondrá una iluminación continua para acceder al sentido y al conocimiento que la realidad oculta.

Tan interesante como el punto anterior es el epígrafe que Philip Silver dedica a la importancia del silencio, de la mudez en el poeta como síntoma de lo inefable. Una “esencial mudez” que hace pensar que la vertiente alegórica de esta poesía sea sólo, en última instancia, alegoría de la distancia colosal entre la palabra y la cosa, de la imposibilidad de una identificación entre ambas que lleva siempre al fracaso –incluido el silencio- en la expresión poética, fracaso extendido por otra parte a la desmoralización progresiva del discurso, que ve anulada la posibilidad de llegar al Ser por factores extraños que encubren la posibilidad de ese desvelamiento, sean estos factores la religión, el progreso, la costumbre o la política, tal como lo plantea Silver: “Cualquier cosa, dice el crítico, excepto el agapé y el eros, de cuantas puedan suministrar una razón de ser, por muy consoladora que sea, es considerada una engañifa”
Se complementaría esta búsqueda de la revelación del Ser en la poesía de Claudio Rodríguez con la convicción de que sólo la vida y cualquier manifestación suya se cumple totalmente entre los demás. Esta perspectiva otorga esa dosis de responsabilidad moral que hace considerar la obra de Claudio como “profunda poesía ontológica”, según lo expresa Silver, pero a la vez arraigada en un ideal de solidaridad humana “cuya imagen en miniatura es la familia”, ideal “casi imposible de verse realizado en este mundo. No otro es el leit motiv de todo el libro titulado Alianza y condena”.

Las sucesivas aproximaciones del crítico norteamericano a la poesía de Claudio han seguido este itinerario, quizás sin hacer tanto énfasis en los valores surreales de esta poesía. “Todo misterio”, titulaba Silver una reseña de 1991 en la que se ocupaba de Casi una leyenda, y donde, en poco espacio, le daba tiempo sin embargo a dar apuntes suficientes sobre el poema “Calle sin nombre”, que abre este libro, y en el que se sigue observando la búsqueda del Ser, que “está mal repartido, arriba sobra, aquí abajo escasea, y el poeta (místico) juega a pegar saltitos a ver si llega donde está ese Ser (…) parousia, que lo envuelve y sostiene todo, es invisible-inefable y el poeta sólo intuye su (toda-) presencia”.

Philip W. Silver ha seguido, pues, comprendiendo hasta el final el corpus poético de Claudio Rodríguez como un ejercicio ontológico de alta coherencia y lleno de interrelaciones que dan sentido último a aquellos primeros versos de 1953: “Siempre la claridad viene del cielo”