Carlos Bousoño

Junto a Vicente Aleixandre y Francisco Brines, habrá sido Carlos Bousoño (Boal, Asturias, 1923) el poeta con quien más cercanía personal mantuvo Claudio Rodríguez. Su amistad, sin embargo, se complementa con la admiración crítica por la escritura del poeta, hasta el punto de que él fue quien contestó a Claudio en la recepción en la Real Academia de la Lengua con un discurso acerca de su poesía. Pero eso sucedía ya en 1992. Mucho antes, en 1959, en la revista “Cuadernos de Ágora”, Bousoño llamaba ya la atención con un artículo titulado “Ante una promoción nueva de poetas” sobre Claudio Rodríguez, a quien destacaba como a ningún otro en el seno de su propia generación.
Aunque ahora deberíamos referirnos a otro momento. Fue Bousoño el primer crítico capaz de sistematizar el pensamiento de Claudio, cristalizado en un lenguaje intransferible, cuando prologó en 1971 Poesía 1953-1966 (Ed. Plaza & Janès), volumen que contenía lo que hasta ese momento el poeta había publicado –es decir, sus tres primeros libros-, precedido por “La poesía de Claudio Rodríguez”, algo más que una aproximación a su mundo poético, por cuanto en esas páginas preliminares Bousoño expone y desarrolla las claves y los ejes que configuran esta obra poética. Citémoslos de nuevo, aunque hayan sido repetidos para subrayarlos o para matizarlos una y otra vez por quienes sintieron, tras Bousoño, esa misma necesidad suya de explicarse el valor distintivo y profundo de un acento nuevo y lleno de verdad.
Destacaba, ya entonces, Bousoño la originalidad de esa voz poética (“No recordaban los versos de Don de la ebriedad a los de ningún otro poeta español”, dice el crítico a propósito del impacto que le produjeron los versos inigualables de ese libro, en consonancia con Aleixandre, que había sentido parecido arrobo); la alegoría disémica presente en su mundo de imágenes, que hace que lo cotidiano que reviste Conjuros, por ejemplo, quede trascendido por otro alcance significativo del que pronto se hace cargo el lector; la inversión del proceso alegórico que va de Conjuros a Alianza y condena; el peculiar irracionalismo metafórico que recorre como un calambre tan imprevisto como exacto un discurso que escapa a la simple referencia costumbrista o la condensación que el poeta logra operando con el estricto manejo de los significados o, en otro plano, con el empleo de ecos y rimas internas que producen la especial densidad fónica de tantos versos suyos.
Posteriormente, Carlos Bousoño se ha ocupado numerosas veces de esta poesía en artículos y reseñas donde siempre procuraba destacar esa “fresca voz” –así tituló uno de ellos- que parecía renovarse a sí misma en cada lectura. Aún insistía en ello en otro artículo publicado el 19 de julio de 2000, coincidiendo con el aniversario del fallecimiento del poeta y titulado “Claudio Rodríguez: ser y canto”. Allí Bousoño propugnaba que el poeta zamorano era quien nos había ofrecido “una obra donde el canto no rehúye su ser y precisamente por eso tal obra resulta, en efecto, de extrema originalidad (…) O sea: Claudio Rodríguez canta, pero de otro modo, un modo según el cual el resultado, siendo canto, lleva dentro de sí el nuevo problema planteado, al cual supera sin negarlo. Y eso es lo difícil, lo genial, si se me permite la expresión. Rodríguez hace algo que nos da la impresión de que no se puede hacer. Y eso es lo que llamamos genialidad, a mi juicio”.
          Es precisamente en “Claudio Rodríguez: Visión y contemplación” donde Prieto de Paula parte de la desafortunada facilidad con que la crítica ha querido asumir a Claudio Rodríguez homogeneizándolo entre otros nombres de una generación con los que la sustancia última de la poesía de Claudio poco tendría que ver, ello a pesar de ciertos puntos ineludibles de convergencia. Prieto de Paula expone los siguientes: telurismo, temporalismo, actitud crítica y apertura metafísica. Pero, más allá de estos rasgos –así y todo, compartidos de manera muy especial por el poeta-, el alcance de esta poesía llega a dos polos que a juicio del crítico la sustancian decisivamente: un espacio epistemológico y un espacio moral. En ambos frentes, uno en pos del conocimiento y otro en pos de valores humanos significativos (solidaridad, fraternidad, compañía…), el poeta trata de salvar la “aventura espiritual”  que puede ser el hecho de existir y que él intuye de antemano condenada al fracaso y aun así digna de ser cantada, de ser alumbrada en una poesía “cosmofánica”, al decir de Prieto de Paula, donde el concepto de “claridad” se alza como sustancia única en el mundo.